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NO SOLO ES UN DEPORTE, ES UNA GRAN VICTORIA ITALIANA
Doble Mundial, todo a la vez, con cuatro grandes premios por adelantado.
Schumi prodigioso, Barrichello perfecto, el equipo impecable como
un coro de violines. Parada ferrarista a la llegada. Una sofocante
carrera llena de curvas se transforma en una academia, mejor en
una rapsodia húngara con un apremiante final sobre el tema: “La
mágica Rossa”. Hay una sensación de una escena imaginaria, consolidada
en los hechos, o los méritos, por las encrucijadas del destino,
pero que nadie había tenido el atrevimiento de escribir. Esperarla
con paciencia, verla, vivirla, dejarse involucrar dulcemente en
todas las otras cosas. Las emociones tienen matices diferentes y
lejanos, son los recintos de la vida. Cada tanto, más allá del énfasis
del momento, hay que preguntarse qué sería de nuestra existencia
si perdiéramos en el camino la capacidad y el sabor de entregarnos
a un momento especial. Pero, a riesgo de parecer desagradecido,
confieso que la emoción más grande de este triunfal domingo italiano
no nos la dio aquel Schumacher que manejaba sobre el filo de la
perfección, sino aquel muchacho alemán que, sobre el podio, entre
el himno de su país de nacimiento y aquel de la Italia que lo ha
conducido a la gloria, se llevó repetidamente las manos a los ojos
y resistió duramente cualquier lágrima que interrumpiera su alegría.
Un escalofrío acercaba la gente a aquel piloto monstruoso solitario
y lejano: primero en la largada, primero en la llegada, campeón
del mundo cuatro veces como el gran Proust, el más ferrarista de
los ferraristas, alrededor del cual se produjo el renacimiento de
Maranello. Este alemán obstinado y perfeccionista, pero también
algunas veces humanísimo, que trataba de no llorar, ha restituido
a la Italia uno de sus mitos. Ha devuelto a esta “ferraritis nacional”
una dimensión mundial. En la actualidad Maranello está con su mar
de banderas donde sea que una Ferrari corra y gane. También Schumi
ha tenido sus caídas, sus momentos equivocados no solamente en pistas,
pero se ha levantado y realineado. Pienso que la calidad del hombre
empieza a soldarse con aquella del campeón. Más allá del aspecto
deportivo que será siempre predominante, esta Ferrari que empieza
a coleccionar títulos mundiales con Schumi en la escudería, emerge
suntuosa de una batalla de colosos. El cartel del Circus no está
integrado solo por McLaren, Williams, Jordan y los que siguen, sino
que detrás están industrias mundiales que allí comprometen prestigio
y potencia económica, Mercedes, BMW, Renault, Jaguar, Honda, Ford.
La Ferrari crea todo el Maranello. A sus espaldas está Fiat que
ha sostenido sin reservas pero también respetado, aquel territorio
de alta creatividad. Sin hacer retórica nacionalista, quiero decir
que la alegría de un triunfo deportivo desborda hacia algo más sólido
y profundo: se transforma en conquista italiana absoluta, son cosas
que le hacen bien a Italia. Gianni Agnielli, que alcanzamos en su
velero sobre la Mancha, nos ha dicho sin reparos: “Este es un evento
importantísimo también para Fiat”. Luego agregó cosas más tiernas.
Una de tifoso: “Es como ganar dos copas de Campeones consecutivas
con la Juventus”. Y siguiendo a Agnelli, en el sentido del estilo:
“siempre debemos dirigir un pensamiento agradecido a Enzo Ferrari,
el primer artífice de todo”. Y nosotros, que hemos conocido al único
Gran Viejo del que Italia pueda hacer alarde, nunca omitimos a este
pequeño, Luca di Montezemolo, el gran heredero, que ha dejado familias
y amuletos en las Dolomitas y ha volado a Budapest para alcanzar
a sus héroes. “Confirmarse -me ha dicho- es mucho más difícil que
ganar”. Pero más difícil todavía fue desenterrar a la Ferrari de
sus largos años oscuros de una declinación. Luca ha ganado con su
tenacidad y paciencia, con los hombres que ha elegido y defendido,
de Brown a Byrne, hasta aquel Jean Todt, que era un pequeño Napoleón
y que ahora se ha tornado un amable tío de Italia. Muchas gracias
queridísima Rossa. Y ahora, donde diablos queda el gran premio?
(candido cannavò)
UN ALMA EN EL MOTOR
La fórmula 1 es un deporte extraño. Tendría todas las características
para ser desagradable o inútil o ambas cosas: la grotesca intromisión
de los sponsors, la especulación borderline de algunos de sus empresarios,
lo grosero del ambiente, el extravagante ensamble de motores, chasis
que otorgan identidad a escuderías, pero rara vez a automóviles
verdaderos, podrían hacer de ellas un ideal habitat para Briatore.
Tipo el off-shore u otros pasatiempos para ricos ociosos. Si debajo
de esta costra aparente todavía logra señalarse el mito del automóvil,
quiere decir que aquel mito es todavía muy fuerte. Ni las sofisticadas
electrónicas, ni las chapas publicitarias logran superponerse del
todo a la desnuda musculatura de metal sobre asfalto que empezó
a exaltar a nuestros bisabuelos a principios del siglo pasado. El
motor de explosión es una diablura ya antigua. Fue en la luz decrépita
casi daguerrotípica de las primeras películas que se imprimieron,
las primeras trayectorias intrépidas, los primeros accidentes terribles,
la primera picada loca de hombrecillos hundidos en aquellos cascos
ensordecedores, con el pie a fondo sobre el acelerador y cada nervio
a la espera de lo irreparable. La precisión ya pedante de las tomas
televisivas modernas no ha logrado anular del todo el sentimiento
vertiginoso y oscuro de la velocidad. Aun perseguida en cada sobresalto,
en cada desvío, a veces las máquinas dan todavía la impresión de
perforar el campo visual y huir al horizonte, como cuando pasaban
como un relámpago entre los rastrojos de las mil millas. El talento
de la Ferrari ha sido el de lograr, más que cualquier otra marca
o industria o centro de estudios u oficina de márketing, conservar
intacta la fascinación originaria del automóvil, deportiva y no
sólo. El de creer y hacernos creer que un lugar ya ordinario como
el asfalto, sede de las más mediocres y encolumnadas tribulaciones
de masas, pueda ser todavía el trazado de una aventura y un desafío.
El de hacernos creer que la industria, ya el más gastado de los
ritos decimonónicos, pueda todavía ser el lugar de la invención,
del azar técnico, hasta de la sapiencia manual de maestranzas no
mortificada por la rutina. En cada fiesta en honor de la Ferrari
y de Maranello, se celebra finalmente el alivio de volver a encontrar
en un producto industrial una especie de alma material, muy diferente
del aura falsa de una marca o de una campaña de márketing. Puede
ser posible que este alivio sea ilusorio, y quizás retórico, pero
mientras tanto la Ferrari ha logrado trasladar al 2000, con su epopeya
mecánica, la idea de que sean todavía la fábrica, la escudería,
la ingeniería ha gobernar la tecnología, y no al contrario. Que
sea la máquina y el piloto los que permanezcan en la carrera. Otras
máquinas y otros pilotos, quizá signados por un análogo cansancio,
no desprenden sin embargo el mismo sentido de continuidad industrial.
Las historias de las otras escuderías son espurias y fragmentadas,
como los ensamblajes de sus coches. Quizás solamente el retorno
oficial de otra casa automovilística a la Fórmula 1, cuando finalmente
fuera Mercedes a tener el motor Mercedes, Honda a tener el motor
Honda, la BMW a tener el motor BMW, podría redistribuir la fascinación
del automovilismo deportivo también hacia otras marcas, quebrando
aquel monopolio Ferrari que puede parecer, especialmente hoy, sofocante.
Pero como así no fue, en las últimas décadas, parece justo que sea
la Ferrari la que vaya a seguir gozando del premio a su tenacidad,
por haber afrontado con sus medios y su nombre a adversarios que
a menudo corrían bajo insignias simuladas. (michele serra)
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