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Extremo, la palabra mágica que conquista a
Estados Unidos: desde las afeitadoras a la Biblia, todo se torna
“no limits”
Antes el adjetivo estaba reservado para los deportes
peligrosos, ahora es un eslogan publicitario que asegura ventas
récord. En otros tiempos todo era moderado y el “cool” gustaba también
a los adolescentes, pero a mediados de los Años ’90 las cosas cambiaron.
La revolución fue piloteada por el éxito de una transmisión de TV
dedicada a las Olimpíadas de las disciplinas deportivas alternativas.
Los psicólogos dicen: “la gente se siente ofendida por la mediocridad
de la vida, por eso busca sólo lo grandioso, lo magnífico”.
Los Angeles – Hay una cantidad de extremos que explotan como
meteoritos en el sobrepoblado universo de la cultura USA. En efecto,
son pocas las cosas norteamericanas que no hayan sido tocadas por
la reciente ola de marketing “extremo”. Vainilla extrema. Asistencia
telefónica extrema. Desodorantes extremos. Panchos extremos. Afeitadoras
extremas. Catéteres extremos para intervenciones con láser en las
coronarias. Y todavía más: “Extreme Elvis”, “Extreme for Jesus”.
Los productores de la mayor parte de estos productos y de cientos
de otros productos y servicios pagaron 325 dólares de tasas para
proteger a su propia marca en la Oficina de Patentes y Marcas de
fábrica de Washington. A ninguno le gusta ser confundido con el
montón. “Todos queremos ser independientes” dice Dan Parodi, presidente
de la “Extreme Coffee” que tiene su sede en el norte de California.
“Todos somos parte de ese grupo que quiere ser un individuo. Quizá
esto es un oxymoron”. En efecto.
Londres – Casi 12.000 dólares
por cabeza por una cena.Aconteció en el restaurante “Petrus” de
Saint James Street en Londres.Seis
comensales, cuya identidad se mantuvo en secreto,gastaron entre
todos 70.000 dólares. Ordenaron el “menu prestige” (400 dólares
por cabeza) pero lo que abultó la adición fueron tres botellas de
Château Petrus: una de1945a 17,5 mil dólares,una del ’46 en 15 mil
y una del ‘47 en 20mil. Los seis, para
terminar la cena, quisieron dos botellas de cerveza Kronenburg.
No pasó mucho tiempo de cuando parecer extremo era
una cosa fea. Los estudiosos de ciencias políticas todavía reprochan
a Barry Goldwater la afirmación: “el extremismo en defensa de la
libertad no es un vicio”, que habría sido en parte responsable de
su derrota en la carrera a la Casa Blanca que ganó Lyndon Johnson
en 1964. Los norteamericanos siempre quisieron llevar una vida balanceada,
ser moderados en todo. Incluso los adolescentes no son inmunes a
la tendencia a la moderación: tuvieron como objetivo social el de
ser siempre “cool”. Pero entre el inicio y la mitad de los años
’90, el vocabulario de la moderación terminó siendo recusado, en
gran parte por la fuerza de márketing insita en la X, como en Extreme
Games. Este evento televisivo anual es una suerte de olimpíada de
la Generación X y el mundo del deporte extremo y recoge una audiencia
de 20 millones de espectadores. La cosa más interesante desde el
punto de vista publicitario es que estos deportes atraen una franja
demográfica de ensueño, o sea los jóvenes de los suburbios entre
los 12 y 25 años. Los X Games, los deportes extremos, se tornaron
muy pronto el símbolo de los jóvenes ansiosos de experimentar con
los límites, de flirtear con el peligro y de ser distintos. “La
TV deportiva ESPN gastó millones de dólares en el marketing de los
X Games y, de improviso, todo se volvió extremo” dice Chuck Fresh,
director creativo de la Brevard Marketing de Florida, que se autodefine
como un vendedor extremo. “Podría haber sido todo ‘ultra’ o ‘super’
pero fue extremo y nosotros, como todos los demás, saltamos sobre
el carro triunfante”. El motivo por el cual el vagón está tan lleno
es que la palabra a menudo funciona. Pregúntenselo a la Thomas Nelson,
la sociedad de Nashville propietaria de la marca de fábrica “Extreme
for Jesus”. “Buscábamos algo que tuviera buen reconocimiento entre
los adolescentes” dice Hayley Morgan, brand manager de la línea
de productos “Extreme for Jesus” que comprende biblias, brazaletes,
aros, calcomanías y tatuajes temporarios. “Hemos entrevistado a
los chicos y les preguntamos: “¿Qué les gusta?” Sus respuestas llevaron
a la creación de la “Extreme Teen Bible”, la Biblia extrema para
adolescentes. En un año típico de negocios, la editorial vende entre
30 y 40 mil biblias. En 16 meses, desde que la sociedad publicó
por primera vez su “Biblia Extrema” se vendieron 400 mil ejemplares.
Para aquellos atletas que fueron pioneros de los deportes
extremos, la idea de volver extremos también a los desodorantes,
las pizzas y los juguetes banaliza demasiado el término. “En los
verdaderos deportes extremos, quien se equivoca, muere” dice Kristen
Ulmer, 34 años, profesional del ramo, esquiador extremo, de alta
montaña, escalador de hielo, parapentista. “Para mí es un poco difícil
de aceptar. Me da fastidio que para la gente el término ‘extremo’
pueda terminar asociado tanto a un skateboard como a un taco mexicano.
Me hace reir”. Katherine Giuffre, socióloga en el Colorado College
de Colorado Springs, sostiene que esta devaluación de la palabra
es un subproducto de la cultura consumista. Para sobrevivir y crecer,
las empresas sufren una incesante presión que las lleva a ampliar
sus propios mercados a nuevos productos, que rara vez son distintos
de los otros. Cuando no hay un producto clamoroso para proponer,
los vendedores deben adoptar el recurso de nombres que se presuponen
excitantes. “Nos hemos vuelto más sensacionalistas precisamente
porque no hay nada de nuevo” dice. “Cuando tenés algo insípido,
¿cómo hacés para convencer al consumidor que le dé el primer mordisco?”
El hecho de que esta palabra de moda haya tenido tan repentino éxito
hace pensar en el malestar en acto en Estados Unidos, sostiene el
doctor Aserinsky, el psicólogo. “Creo que la gente se siente ofendida
por la mediocridad de la vida” dice. “Todo debe ser grandioso, todo
debe ser magnífico, nadie puede ser normal”. (martin miller, traducido
por furio tirreni)
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