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¿Por qué la ciencia y la religión
condenan a la homosexualidad?
Antes en Milán, ayer en Roma. Del 30 de mayo al 23
de junio se realizaron en la capital lombarda numerosas iniciativas
promovidas por los homosexuales, hombres y mujeres, con muestras,
representaciones teatrales, presentaciones de libros, debates, encuentros,
fiestas. Ayer, la manifestación en la capital. Una tentativa de
vivir serenamente el propio modo de ser hombres y mujeres. Es desde
aquí que hay que partir, y no del sexo, para comprender algo de
la condición homosexual y por lo tanto algo también de la hetereosexualidad.
Porque una de dos: o se está convencido de que la dimensión sexual
es la dimensión fundacional del ser humano entero, y por lo tanto
en condiciones de agotar toda expresión y toda atadura afectiva,
o bien se cree que aquello que une a dos personas es una atracción
que es siempre y antes que nada intelectual y emotiva, cognitiva
y de comportamiento, y sólo “después” y también necesariamente sexual.
En el primer caso el homosexual es un “diferente por naturaleza”.
En el segundo caso es una expresión entre las muchas en las cuales
la afectividad humana puede expresarse. La diferencia, como se ve,
es radical, porque en la primera hipótesis se acreditan todos los
prejuicios que inciden dañinamente sobre la formación de la identidad
homosexual, obligada a oscilar entre la provocación y la reactividad.
En la segunda hipótesis se reconocen las diferencias que caracterizan
a las maduraciones afectivas, que permiten al homosexual la serena
aceptación de su propia identidad y prohiben al heterosexual la
homologación en una identidad preformada, igual para todos, y por
lo tanto “natural y sagrada”. Uso a propósito estos dos adjetivos
en referencia a la ciencia, que se cree la única competente sobre
la “naturaleza” humana y a la religión, que por reflejo la “sacraliza”
como principio inmutable del orden. Y no es casualidad que justamente
la ciencia y la religión, tan divididas sobre tantos argumentos,
sobre la condena a la homosexualidad hayan estipulado una santa
alianza. En efecto la relación afectiva entre personas del mismo
sexo existió siempre en todas las culturas, pero sólo desde el Ochocientos
se difundió en Occidente la creencia que se trata de una enfermedad
y que sería una cuestión de interés para la medicina. Ahora todos
sabemos que la ciencia no conoce al alma porque es una dimensión
que escapa a sus métodos, que son de orden cuantitativo, pero no
conoce ni siquiera el “cuerpo” porque, por las exigencias de su
método, está obligada a reducirlo a “organismo”. Por lo que, por
ejemplo, sabrá del ojo todo lo que sabe un oculista, sin embargo
sin poder explicar jamás qué cosa es la intensidad de una mirada,
o la diferencia entre la risa y el llanto, desde el momento en que
las dos manifestaciones utilizan de todos modos la misma musculatura
facial.

Hace bien la ciencia en seguir con su método, porque de otro modo
se saldría de su cientificidad y por lo tanto de su eficacia, pero
ello no impide que este método, que incluso los científicos más
despiertos llaman “reductivo”, pueda explicar la complejidad de
la existencia humana y sobre todo la inmensa gama de sus manifestaciones
afectivas. Sin embargo la ciencia lo intenta, y entonces la afectividad
se transforma en una pulsión, y la pulsión en un producto hormonal,
y ahora que la genética hace su prepotente entrada en el saber médico,
¿por qué no hallar el gen del amor, así como se intenta encontrar
el de la tristeza y el de la felicidad? A través de estas operaciones
reductivas el lazo afectivo entre dos personas del mismo sexo deviene
pura y simple “sexualidad” que, no estando destinada a la reproducción,
no puede ser sexualidad desviada, desorden biológico del cual antes
o después se descubrirá la naturaleza. Esta lógica aberrante de
la ciencia es acogida por los heterosexuales que así se sienten
“normales”, por los homosexuales que (si la homosexualidad es biológica)
se sienten inocentes, y por los hombres religiosos a quienes no
les parece cierto poder replantar el árbol del conocimiento del
Bien y del Mal sobre el sólido terreno de la ciencia. ¿Y qué fin
tiene la diferencia en la manifestación de las relaciones afectivas
que la historia de la humanidad, desde el alba de sus días, siempre
contempló? ¿Y la construcción de la identidad en contextos que no
estén cargados de condena y prejuicios? ¿Y las reglas de la democracia
según las cuales cada uno tiene el derecho de expresar su propia
identidad sexual en las relaciones del contexto social y no sólo
encerrado en un dormitorio, sino en todos los planos de la existencia?
Pero bromeamos, éstos no son problemas científicos, por lo tanto
son problemas sin ninguna relevancia. Así razona la ciencia y detrás
de ella la religión, y ambiguamente la opinión pública, que tiene
en gran estima las palabras de la ciencia y no desdeña las de la
religión. El resultado es que se torna extremadamente difícil la
formación de la identidad de un homosexual, porque si la formación
de la identidad es difícil para todos, piensen lo que debe ser para
quien vive en una atmósfera de pesados prejuicios y de representaciones
sociales que, introyectadas, hacen que el homosexual se sienta crecientemente
culpable, desadaptado, distinto, equivocado y por lo tanto inevitablemente
provocador y reactivo. Y todo esto porque los lazos afectivos, que
naturalmente se dirigen sobre un objeto o sobre otro, han sido reducidos
por la ciencia a eventos sexuales, por lo tanto a errores genéticos,
sin un ápice de prueba, que incluso si existiera, no justificaría
este reduccionismo de fondo materialista que resuelve la riqueza
de los movimientos del alma en la “simplicidad” de las máquinas
genéticas, aboliendo de un plumazo la especifidad del hombre. Amori
senza scandalo (Amores sin escándalo) por lo tanto, como recita
el título del óptimo libro del psiquiatra milanés Paolo Rigliano,
que salió hace poco en Feltrinelli, donde finalmente el problema
de la homosexualidad es conducido a ese nivel en el cual la temática
no es la “sexualidad” sino la “afectividad” en todas las maneras
en que la especie humana sabe expresarla. Y junto a la afectividad,
la democracia, no como simple acogimiento y respeto del “distinto”
sino como conocimiento de que la “diversidad” es un trazo constitutivo
de cada uno de nosotros porque, a diferencia de los animales, los
hombres no son un “género” sino “individuos”. Este concepto que
el cristiano Kierkegaard no cesaba de repetir, pertenece todavía
a la cultura cristiana que en las declaraciones de sus exponentes
religiosos y políticos contempla todavía a la homosexualidad como
un “género” (el género del desorden moral, cuando no natural) y
no a la historia de los individuos en singular, a la calidad de
sus singulares e irrepetibles relaciones afectivas, al derecho que
tienen de poderlas expresar en el contexto social donde a la par
de todos tienen el derecho de vivir y de expresarse. He dicho “derecho”
pero podría también haber dicho “deber” porque en el fondo qué piden
los homosexuales sino deberes de convivencia, de responsabilidad
familiar, de aceptación del otro, y también de aquél otro que cada
uno de nosotros es para sí mismo. Ellos, sobre su piel, saben algo
de todo esto y quizá puedan enseñarnos algo. (umberto galimberti,
traducido por sauro malincuore)
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