ESTADOS UNIDOS DESCUBRE A TONI NEGRI
   
 

 
Hace bien la ciencia en seguir con su método, porque de otro modo se saldría de su cientificidad y por lo tanto de su eficacia, pero ello no impide que este método, que incluso los científicos más despiertos llaman “reductivo”, pueda explicar la complejidad de la existencia humana y sobre todo la inmensa gama de sus manifestaciones afectivas. Sin embargo la ciencia lo intenta, y entonces la afectividad se transforma en una pulsión, y la pulsión en un producto hormonal, y ahora que la genética hace su prepotente entrada en el saber médico, ¿por qué no hallar el gen del amor, así como se intenta encontrar el de la tristeza y el de la felicidad? A través de estas operaciones reductivas el lazo afectivo entre dos personas del mismo sexo deviene pura y simple “sexualidad” que, no estando destinada a la reproducción, no puede ser sexualidad desviada, desorden biológico del cual antes o después se descubrirá la naturaleza. Esta lógica aberrante de la ciencia es acogida por los heterosexuales que así se sienten “normales”, por los homosexuales que (si la homosexualidad es biológica) se sienten inocentes, y por los hombres religiosos a quienes no les parece cierto poder replantar el árbol del conocimiento del Bien y del Mal sobre el sólido terreno de la ciencia. ¿Y qué fin tiene la diferencia en la manifestación de las relaciones afectivas que la historia de la humanidad, desde el alba de sus días, siempre contempló? ¿Y la construcción de la identidad en contextos que no estén cargados de condena y prejuicios? ¿Y las reglas de la democracia según las cuales cada uno tiene el derecho de expresar su propia identidad sexual en las relaciones del contexto social y no sólo encerrado en un dormitorio, sino en todos los planos de la existencia? Pero bromeamos, éstos no son problemas científicos, por lo tanto son problemas sin ninguna relevancia. Así razona la ciencia y detrás de ella la religión, y ambiguamente la opinión pública, que tiene en gran estima las palabras de la ciencia y no desdeña las de la religión.



El resultado es que se torna extremadamente difícil la formación de la identidad de un homosexual, porque si la formación de la identidad es difícil para todos, piensen lo que debe ser para quien vive en una atmósfera de pesados prejuicios y de representaciones sociales que, introyectadas, hacen que el homosexual se sienta crecientemente culpable, desadaptado, distinto, equivocado y por lo tanto inevitablemente provocador y reactivo. Y todo esto porque los lazos afectivos, que naturalmente se dirigen sobre un objeto o sobre otro, han sido reducidos por la ciencia a eventos sexuales, por lo tanto a errores genéticos, sin un ápice de prueba, que incluso si existiera, no justificaría este reduccionismo de fondo materialista que resuelve la riqueza de los movimientos del alma en la “simplicidad” de las máquinas genéticas, aboliendo de un plumazo la especifidad del hombre. Amori senza scandalo (Amores sin escándalo) por lo tanto, como recita el título del óptimo libro del psiquiatra milanés Paolo Rigliano, que salió hace poco en Feltrinelli, donde finalmente el problema de la homosexualidad es conducido a ese nivel en el cual la temática no es la “sexualidad” sino la “afectividad” en todas las maneras en que la especie humana sabe expresarla. Y junto a la afectividad, la democracia, no como simple acogimiento y respeto del “distinto” sino como conocimiento de que la “diversidad” es un trazo constitutivo de cada uno de nosotros porque, a diferencia de los animales, los hombres no son un “género” sino “individuos”. Este concepto que el cristiano Kierkegaard no cesaba de repetir, pertenece todavía a la cultura cristiana que en las declaraciones de sus exponentes religiosos y políticos contempla todavía a la homosexualidad como un “género” (el género del desorden moral, cuando no natural) y no a la historia de los individuos en singular, a la calidad de sus singulares e irrepetibles relaciones afectivas, al derecho que tienen de poderlas expresar en el contexto social donde a la par de todos tienen el derecho de vivir y de expresarse. He dicho “derecho” pero podría también haber dicho “deber” porque en el fondo qué piden los homosexuales sino deberes de convivencia, de responsabilidad familiar, de aceptación del otro, y también de aquél otro que cada uno de nosotros es para sí mismo. Ellos, sobre su piel, saben algo de todo esto y quizá puedan enseñarnos algo. (umberto galimberti, traducido por sauro malincuore)